It’s the end of an era. Quizás reconoces estas palabras, pronunciadas mucho en series y películas, a veces en plan serio, a veces en plan gracioso. En este caso es una verdad.
Hace trece años y medio, fue una mañana fría de un sábado en febrero, me fui al mercado para comprarme frutos secos. Allí encontré lo que parecía una bolita de lana, muy descuidada. Estaba atada con una cuerda, temblaba, chillaba suavemente, y, cuando cuento esta historia siempre digo que me preguntó si podría irse a casa conmigo. La bolita de lana obviamente no habló, pero sus ojos sí.
La bolita de lana era un perro, un cachorrito de unas seis semanas. El cachorro se hizo adolescente y adulto y me ha acompañado a por todos lados: entrevistas, de vacaciones, de visita, a la terraza, de casa a casa a casa al extranjero. No era un perro chulo. Le gustaba ir de macho, ladraba y gruñía a los perros más grandes y peligrosos, si iban con correa. Pero venía corriendo para esconderse detrás de mis piernas cuando otro perr(it)o le ladraba o perseguía. Era leial, protector de su manera, y siempre alegre y lleno de vida. Con sus trece años y medio la gente todavía pensaba que era un cachorro. Era obediente, tenía un vocubulario impresionante de tres idiomas y ganó los corazones de los amantes de gatos y de los que odian a los perros. Eran sus ojos, que cada día de su vida instigaron a la gente en la calle hablarme del ‘lobo blanco’. Trece años y medio su presencia en mi alrededor, cada día, cada noche.
No tenía ni idea de lo que está ocurriendo en la barriga. Hay animales que lo perciben, él no. A veces le enseñe la panza, empujé su nariz hacía ella, pero le daba igual. Quizás no quería saber nada de ella, también es una posibilidad. Porque claro, el mini en la panza no era mi baby, sino el baby fue él. Hace unos años empecé a usar este nombre cariñoso: Baby. Se hizo un abuelito con sus problemillas, pero siempre era mi Baby. Un perrito dependiente que siempre quería estar donde yo estaba, que a veces meaba en mis cortinas cuando se enfadó por no poder acompañarme si me fui de casa sin él. Como un niño pequeño mimado. Alguna vez le he animado a ladrar al lado de la barriga, para que el otro baby le escuchara. Dicen que así un nonato puede acostumbrarse al ruido y luego, después de haber nacido, puede seguir durmiendo sin asustarse. Pero el baby que dentro de poco tiempo vendrá a nuestro mundo nunca conocerá el otro Baby. Baby ya no está. En mis fantasías me veía con mi familia – madre, hijo, perro – en un parque o en la playa. Y si soy sincera, también me veía peleando con el carrito en una mano y el perro tirando la correa (‘quiero oler a la perrita al otro lado de la calle!’) en la otra. Todo formaría parte de la nueva situación. Pero, mi familia empezará un poquito más pequeña: madre e hijo. Porque antes de que empiece una época muy especial en un mes y medio/dos meses, otra época ha terminado.
Así que ahora lloro por un Baby, me río pensando en los muchos recuerdos que le tengo, y al mismo tiempo espero con mucha ilusión el otro baby, y los recuerdos que vamos a hacer él y yo.