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Apariencias engañan

(11 de junio 2010)

Los nervios recorren mis venas cuando me tumbo. Me levanto la camiseta y bajo un poco el pantalón. Leandro se inclina y me da dos besos en la (todavía) pequeña barriga desnuda. Después de media hora llena de suspense, en la que el médico reconoce con precisión el corazón del bebé que llevo dentro, nos dice las palabras liberadoras; de momento no se ha presentado ninguna malformación, las aortas están formados correctamente y la sangre circula con normalidad. Dejo caer una lágrima de mero alivio. Leandro, que tiene mis manos en las suyas, se acerca una a los labios para besarla. ‘Yo también estaba un poquito nervioso,’ confiesa.

Esto fue cuando tenía dieciséis semanas de gestación (en total hay cuarenta). Ahora tengo cuatro más y me toca la ecografía de las veinte semanas. Importante, porque otra vez reconocen el corazón, además de los demás órganos y los huesos.

‘Todo parece normal.’ El médico tiene que repetir hasta tres veces antes de que realmente me dé cuenta de lo que está diciendo. No me había preocupado, pero aún así no me había esperado escuchar estas palabras. No las conozco. Solo conozco: ‘Su hija está muy enferma y se morirá en la matriz o después del parto.’ Pero la historia, muy probablemente, no se repetirá. Parece que, en efecto, voy a tener un niño con buena salud. Siento algo de incredulidad, y al mismo tiempo alivio. Algo mojado me cubre los ojos. Es alegría. Leandro me aprieta la mano y me acaricia una mejilla.

¡He llegado a la siguiente ‘ronda de bebé’! Una vez fuera de la consulta nos abrazamos y nos besamos, de tan contentos. Le cuesta no tocarme todas mis curvas nuevas. Detrás de su cuerpo alto, por la ventana de la clínica, veo a la recepcionista y algunas otras personas mirándonos con unas grandes sonrisas en sus caras. En la mente escucho la voz de una amiga: ‘Búsquense una habitación.’ Paseando por la calle, mientras buscamos una terraza para celebrar las buenas noticias, de repente extiende una mano y la deja descansar sobre mi barriga, mientras seguimos hablando y andando. Un gesto aparentemente natural, pero fue inesperado e íntimo a la vez. Me hace bien. En la cara de un hombre que se cruza con nosotros aparece una sonrisa bonita ante tanta felicidad de una familia tierna. Disfruto con la imagen en su cabeza con él, por un momentito.

Pero bien dicen que no deberías juzgar un libro por su portada. Es que, las apariencias engañan: no somos una familia. Leandro no es el padre de mi hijo nonato, ni es mi pareja. Es mi ex, de hace cuatro años, que me acompaña a las ecografías como soporte moral y porque es divertido. Lo percibo natural, tenerle allí conmigo, y me hace sentirme algo segura. A veces, con amigas, le llamo mi ‘Mr Big’: el hombre alto y atractivo de la serie de televisión Sexo en Nueva York. Después de años de salir juntos y con otras personas, de atraer y rechazar, encuentros y desencuentros, al final sí que resulta la media naranja de la protagonista.

En el restaurante, antes de que nos sirvan los platos, brindamos con una copita de vino tinto por las buenas noticias de que el niño en mi seno crece según debería. No hay nada malo en beber un poco de vino tinto de vez en cuando, eso parece. Me siento feliz, y el vino en el estómago vacío se me va un poco a la cabeza. Mis mejillas arden. Le miro a mi ex en los ojos y siento amistad, respeto, amor, y ganas de más. Me hace ilusión una noche de ‘cucharear’, de dormir en sus brazos grandes. También noto las hormonas que llevan meses corriendo mi cuerpo, intentando encontrar alguna salida. Los besos llenos de pasión que antes esta tarde me dio, sabían como una promesa de más. La decepción que siento cuando le doy el resto de mi vino y no lo quiere beber es enorme: ‘Tengo que conducir.’ No se queda conmigo. Antiguamente hubiera intentado convencerle de que se quedara conmigo. Ahora simplemente le ofrezco una valiente sonrisa. ¿Cómo era? Apariencias …

(11 de junio 2010)