(20 de junio 2010)
Una de las cosas que intento hacer siendo una embarazada soltera, es sobre todo vivir sin estrés. Lo logro bastante bien: no me preocupo demasiado, por nada. Tampoco por el hecho de que esté sola, tanto en el aspecto práctico, como en el económico y el emocional. Tengo suficiente razón para comerme el coco, pero eso no nos hace bien ni a mi hijo ni a mí. Al contrario, intento ver las cosas positivas. Hay muchas, entre ellas: estar preñada sin pareja que esté allí para ayudarte cuando le necesitas, eso también les ocurre a mujeres que están en una mala relación. No me molestan el jaleo y los típicos problemas de pareja con mi novio o marido. No tengo ‘erupciones hormonales’ que puedan causar una distancia entre nosotros. No tengo pareja que me decepcione cuando mis expectativas se vuelven muy, incluso demasiado, grandes. Pero sería una mentirosa si dijera que nunca hay momentos que verdaderamente me jode estar sola. Anoche fue un momento de esos.
Ya llevo toda la semana notando pinchazos malignos cerca de la ingle. Lo achacaba a los dolores típicos que ocurren cuando se estrecha el útero debido al embarazo. Ayer, durante el día, los pinchazos venían cada vez con más frecuencia e intensidad, y entonces decidí tener una noche de sábado tranquila. Me había puesto cómoda en el sofá con una película con el actor Ashton Kutcher, hasta que intervinieron los anuncios y quería levantarme para ir a buscar algo. Un dolor ardiente me pasó por la ingle y la pierna y no podía aguantar estar de pie.
‘¡Ayyyyyyyyyy!’ El perro se despertó asustado y me miró con ojos de alarma. Intenté moverme, pero todos movimientos empeoraron las cosas. Alcancé por mi teléfono en el sofá, pero era el mando de la tele; el móvil ya lo había dejado al lado de la cama. Cojeando y gritando me moví hasta allí, no podía ser que terminara en el suelo, indefensa, sin poder avisar a nadie. Me tumbé en la cama, sobre mi lado izquierdo, el derecho, en la espalda, con un cojín entre las piernas. Pero la sensación de ardor empeoró: sentarme, permanecer de pie, andar, todo daba igual. Las lágrimas corrieron mis mejillas. ¿Esto realmente formaba parte del embarazo? ¿A quién podría llamar? Ya era casi medianoche. ¿A mi amiga preñada a quien también le molestó mucho la pierna hace un tiempo? No, ella estaría ya durmiendo al lado de su novio. ¿A mi querido amigo que me acompaña a las ecografías? No, las llamadas de emergencia durante una noche de sábado son una presión demasiado fuerte para alguien que no es el padre de mi bebé. ¿Al médico? Me parecía exagerado. ¿A cualquier otra amiga? ¿Qué saben ellas de estos dolores? ¿A mi compañero de piso, que estaba de fiesta y tampoco sabe nada de embarazos? Con gran asombro me dí cuenta de que ni siquiera tengo una ‘persona-de-emergencia’.
Esa comprensión fue bastante dura y desafiante. Estaba sola, y así me sentí: sola. Quería alguien a mi lado que pudiera consolarme, acariciarme el pelo. Al final llamé a mi amiga embarazada. Ella y su pareja justo se habían tumbado para dormir: ‘¿Qué pasa? Me imagino que no me llamas para ir de fiesta.’ Intenté controlar las lágrimas, no quería alarmarla demasiado. ¿Qué más podría hacer que contarme sobre sus dolores que parecían un poco a los míos? Me dio el consejo de su fisioterapeuta: calor. Poner una bolsa de agua caliente donde duele. Uff, con el calor que ya marcaba el termómetro en el balcón.
Durante un tiempo que parecía una eternidad estuve dando pasitos pequeños alrededor de la cama, llorando. Así me dolía menos. Me pregunté cómo en el nombre de Dios iba a dormir si ni siquiera era capaz de sentarme ni tumbarme. Cuando me encontré con mi reflejo en el espejo me dije a mí misma, yendo completamente en contra de la personita independiente que llevo dentro: ‘Estar embarazada no es nada bueno cuando estás sola.’ Afortunadamente después de un rato ya podía sentarme y luego de un poco más era capaz de encontrar una postura acostada en la que el dolor parecía desaparecer. Dormí. Y soñé, mucho.
Y justo ahora, en esta soleada mañana de domingo, me llamó mi amiga embarazada para preguntarme cómo lo llevo ahora. Quizás sí estoy un poquito sola, pero no del todo.
(20 de junio 2010)