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Buena gente

Después de unos cálculos me doy cuenta que en toda mi vida ya me he mudado nueve veces, incluso emigrar. Las primeras ocho eran relativamente fáciles, por lo cual no me asustaba número nueve. Empaquetar cajas, organizar una furgoneta o camión, cargar, viajecito, descargar, desempaquetar cajas. Una mudanza más o menos es eso. A veces hace falta pintar, pero con la radio puesta, una botella de vino en el suelo, y una pizza familiar de Dominos, esto también tiene su encanto.

La novena vez – la semana pasada – no estaba bien prevista. De repente había encontrado un nuevo piso, pero cuando realmente estaba todo seguro – es decir, los papeles firmados y las llaves en mi posesión – solamente quedaban dos semanas para pintar y organizar la mudanza.

Debe de ser posible, justo, pero posible – es lo que pensaba. En algún lugar de la cabeza sonaban alarmas, porque ¿no tenía que terminar tres proyectos de trabajo, justamente en estas semanas? Además, cada día veía en la página Web de siempre de la previsión del tiempo que las temperaturas subieron hasta los treinta y tantos y que la humedad quedaba entre 80 y 90%. Y claro, aquella barriga. Suma, si quieres.

¿Empaquetar cajas? Lo he hecho, unas 75. Porque no puedo deshacerme de mis libros. ¿Apilar cajas? Lo he hecho. Aunque sé muy bien que en alguna página Web está escrito que una embarazada solo puede cargar 5 kilos a partir de la semana 20 de la gestación, y eso como máximo cuatro o cinco veces al día. Pero bueno, si no tienes pareja ni dinero para contratar a una empresa profesional de mudanzas, tienes que ponerte a trabajar, tú misma. Ponerte una mascarilla, abrir todas ventanas y manejar la brocha de pintura.

Mi cuerpo no estaba de todo de acuerdo. La barriga protestaba mucho. La tensión subió dentro de unos días con 30 puntos, durante dos semanas no dormía por culpa de la adrenalina, a ratos ni podía andar por el dolor de barriga – el bebé estaba escondido debajo de las costillas para evitar la tensión en la panza. Dios, que cansancio. Increíble.

Pero ya basta. Porque lo que realmente quería escribir es que hay situaciones en la vida en que llegas a conocer a tus amigos. Que realmente aprendes una lección: con quién puedes contar y con quién no. Cuando estás embarazada y dentro de muy poco tiempo tienes que organizar una mudanza y arreglar 90m2, es entonces que te encuentras en una tal situación.

No me gusta pedir ayuda y casi nunca lo hago. Pero no obstante mandé un ‘ayúdame-por-favor-mail’, solo a las personas que ya me habían dicho: ‘Cuenta conmigo. Si te puedo ayudar, solo hace falta decírmelo.’ Era la hora de aceptar esta ayuda. Sin estos amigos e incluso estudiantes de las clases de holandés (!) nunca hubiera sido capaz de terminarlo. Venían a ayudar a empaquetar cajas, pintar, limpiar. Una semana antes de la gran mudanza venían dos con coche, y entre seis personas se han llevado 53 cajas a mi nuevo piso, dentro de dos horas. Me echaban la bronca si me vieron cargar. Los primeros días después de la gran mudanza, tres amigas venían a casa trayendo comida, unas se quedaban a dormir las primeras noches. Pero nada de relajarse en el sofá; me preguntaron qué era lo que podrían hacer para ayudarme.

Sí, la mujer single y embarazada conoce a buena gente. Y eso hace bien. Te prometo: es una verdadera riqueza.

Bajón

En la ducha esta mañana corrieron las lágrimas sobre mis mejillas. Las notaba, porque estaban calientes entre el agua fría que chorreaba de la alcachofa. El pequeño me estaba pateando como si quisiera decirme algo. Acariciaba la barriga y le dije ‘Lo siento, intentaré calmarme’.

Es que, estos días lo estoy pasando mal. Hay una razón lógica, pero al mismo tiempo no vale, según mi opinión.

Hoy hace una semana que firmé el contrato de mi nuevo piso. Todo iba muy rápido. Vi un anuncio de un piso en mi barrio, sin fotos. No obstante, lo quería ver, porque tarde o temprano tendría que buscarme otro hogar con más espacio. Con una amiga fuimos a verlo. A pesar de la humedad, a pesar de todos muebles antiguos, a pesar de las múltiples manchas y clavos en las paredes, a pesar de la pequeña caldera eléctrica, a pesar de las plantas muertas en el balcón, a pesar del ruido de la calle, yo vi un pequeño palacio. Y mi amiga también lo vio. Una buena limpieza, unos botes de pintura, y esas cinco habitaciones (!) podrían ser mi nueva casa. La nuestra: la mía y la de mi hijo. El chico que nos enseño el antiguo piso me dijo que hubiera una carencia de dos o tres meses por el trabajo que tendría que hacer. Esto hizo que el piso tenía aún más atracción. Realmente sería una oportunidad, ¿mi oportunidad? Le miraba a mi amiga y le pregunté si sería una locura decirle ya que lo quería. ¿No debería pensármelo? ‘Cógelo,’ me dijo. ‘Es una oportunidad única.’ Tenía razón.

Entregué mis papeles, todo estaba en orden, pero a la hora de firmar el contrato y pagar el administrador, lo de la carencia era un tema de ‘ni hablar’. Mucho dinero que había pensado gastarme en arreglar el piso. Pero bueno, ya había dado el aviso a mi finca de ahora de que me iba a marchar y me quedaban dos semanas. A firmar entonces.

Entonces esta semana estaba organizando la ayuda de mis amigos y alumnos (!), comprando pintura, buscando cajas, pidiendo presupuestos, haciendo cálculos. Además, tengo mi trabajo. Además, hace un calor a ratos insoportable, y además, estoy embarazada. Y no tengo pareja. Aunque el embarazo es algo difícil de olvidar, no pensaba que me iba a convertir en una persona inútil con respecto a la mudanza. Normalmente un poco de trabajo no me asusta. Me gusta pintar, las cajas de libros pesan, pero no importa: ¡es un work out gratis! Pero nada de cargar. Ya ni siquiera puedo comprarme las botellas de agua de cinco litros, porque ponen una tensión dolorosa en la barriga.

Para resumir toda la semana en unas palabras: mucho cansancio pero poco sueño, muchas preocupaciones, mucho dolor en la barriga que me inhibe hacer todo lo que me gustaría, mucho de sentirme inútil mientras mis queridos amigos me ayudan, un estrés que corre mis venas, demasiado calor, tres fechas de entrega de trabajo para dentro de dos semanas, la mudanza…

Me gustaría ser fuerte, invencible, positiva, sonriendo. Sobre todo viendo como está quedando el nuevo piso. Poquito a poco, pero ya se puede ver que va a ser muy bonito. Pero la verdad es que ahora me cuesta ser la alegre persona de siempre.

Después de la ducha, saliendo a la calle, encontré un paquete en el buzón, remitente una amiga de Holanda. Dos revistas sobre bebés y un babero más un postal que decía ‘Un pequeño detalle para mimarte’. Justo lo que necesitaba, justo en este momento. Otra lágrima. Es que, ahora es un momento difícil para ser madre soltera.