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La vida y la muerte

(5 de junio 2010)

Casi cinco años han pasado desde que Sarah murió. Su nacimiento fue inducido, después de 23 semanas de embarazo. Tenía varias malformaciones de corazón y, tarde o temprano, moriría en útero. Treinta centímetros, los ojos, los veinte deditos, todo ya puesto y en su sitio, pero no pudo ser. Justo después de su muerte estaba convencida de que nunca más intentaría quedar embarazada. Nunca más quería correr el riesgo de tener que vivir otra vez esa perdida y ese dolor. Pero el deseo de ser madre aumentó y se hizo más importante que el miedo. No obstante, siempre había pensado que un siguiente embaraza iba a ser, por lo menos, difícil. Cargado de emoción. Lleno de recuerdos. Lleno de miedo.

Es todo lo contrario. La verdad es que desde el principio del nuevo embarazo soy la tranquilidad encarnada. No sé si alguna vez en mi vida estuve tan relajada. Si alguna vez he sido capaz de poner de lado los problemas. ¿Miedo? Quizás lo llevo por dentro, en un lugar profundo, pero en estos meses nunca lo noté conscientemente. Tampoco, y este es el otro lado de la historia, he estado en éxtasis. Estoy contenta por el embarazo, pero con una gran dosis de realidad en ‘la mochila de la vida’. Vivo al día.

En los días antes del quinto aniversario del nacimiento y muerte de Sarah recibo varios correos electrónicos de otras madres que también han perdido un hijo. Asumen que este año va a ser muy diferente porque estoy preñada. Muchas veces escuchas historias de madres que viven su siguiente embarazo con mucha tristeza, y además reviven el embarazo anterior. Tienen miedo y no pueden disfrutar. Alguien me escribe que este año puede ser más difícil de lo normal.

Pero unos días después de que recibí estos correos, resulta que la verdad es todo lo contrario. Lo experimento de otra manera, cierto. Pienso en ella, en aquellos días en el hospital. Pero ya no lo vivo otra vez, como hice en otros años. Ahora lo controlo y la verdad es que no quiero darlo más vueltas al recuerdo. No es más difícil, justamente es más fácil. En primer lugar por todas las sesiones de terapia que tuve en los años después de su muerte. Y claro, los pensamientos que hay, pueden seguir allí. Pero no quiero, digamos, abrigarlos, ni ‘cultivarlos’, ni hacerlos más intensos o importantes. Dicen que cuando estás embarazada, tienes que evitar tristeza y emociones negativas en la medida de lo posible. No son buenas para el bebé. Y está claro que quiero hacer todo lo posible para asegurarme de que este bebé nazca con la mejor salud. Razón número uno para no estar triste. Razón número dos es que creo con todo mi corazón que el niño que llevo dentro se merece una historia nueva para él solo. No puedo permitir que nazca bajo la sombra de la tristeza por la muerte de Sarah. Él es su propia persona, tanto como ella lo es para mí. Ambos merecen su propio lugar y espacio. A pesar de que son hermanos, el nacimiento de mi hijo no debe tener nada que ver con lo de mi hija.

El otro día se lo expliqué a un amigo, mientras que, como una verdadera futura mamá, sin darme cuenta me estaba acariciando la barriga. Me dijo que me respeta y admira por lo que hago: tener un hijo sola, y, no obstante, estar tan tranquila y relajada. Y además vivir con esta ‘filosofía’ propia. Lo escucho más a menudo a mi alrededor: ‘qué bien de tu parte’. Para mí no es más que lo más normal. El ‘mini’ dentro de mí no se merece menos que crecer y nacer en un ambiente y circunstancias felices. Además, se esfuerza tanto para aumentar mi alegría: le noto mucho, y con frecuencia hace mover la barriguita de arriba a abajo. ¿Por qué ocuparme y dedicarme a la muerte si la vida cada día golpea con tanto entusiasmo?

(5 de junio 2010)