‘Ya verás que esto no lo tienen en una talla más grande…’ suspiro en voz alta mientras empujo los bikinis por el estante, cada vez con más fuerza. Mi trasero no ha cambiado, encontrar unas bragas no es difícil, pero encontrar el top del bikini con mis pechos nuevos – y temporales – es una verdadera búsqueda. No es una búsqueda divertida, con pistas y sorpresas en cada esquina de la calle. Es una búsqueda from hell. Estoy en la enésima tienda de lencería, pero en todas la talla más grande es demasiado pequeña. No lo entiendo para nada, porque si miro en mi alrededor en la calle, veo muchos bustos bamboleando, que comparando, el mío no es nada espectacular.
‘Difícil, verdad, encontrar una talla grande? Yo sé de lo que hablo.’ Me giro y veo debajo de una cara alegre un escote que da vida a una C grande. Uf, no es nada en comparición con lo que llevo conmigo en estos días. Veo como sus ojos también se buscan el camino hacía mis pechos y ella comparte mi pensamiento: ‘Ah, ya lo veo, necesitas como mínimo un 105.’ Sus ojos ahora ven la barriga. ‘Y a lo mejor una talla más grande más adelante.’ Busca entre los bikinis y coge un 95. ‘Este parece ser lo más grande. Póntelo delante.’ Sorprendida por su voluntad de ayudarme – no es una dependiente - hago lo que me dice e intento tirar la tela sobre un pecho. Justo puedo. O más bien, justo no. ‘No, yo que tú, seguiría buscando un poco más. Pero cómprate este para llevar por la casa para tu marido. ¡Seguro que lo apreciará!’
Un rato después entro, sin bikini en el bolso, una tienda donde espero poder encontrar una cosa para desatascar el váter. El vendedor es un tipo simpático que escucha mis quejas ‘bañeras’ y entonces me aconseja no gastar dinero comprando cosas inútiles, pero simplemente usar el mocho.
‘¿El mocho?’ le repito, sorprendida y pensando que le he malentendido.
‘Sí, con el palo con el mocho. Lo metes en el váter y lo mueves con mucha fuerza hasta que el agua desaparezca. Si va muy despacio añades un cubo de agua. Pero debes de usar mucha fuerza para que funcione.’ Entonces señala la barriga mía: ‘Mejor dejarlo a su pareja, porque realmente debería…’ y acaba su historia con movimientos y gestos como si hubiera un váter allí mismo.
Más adelante estoy en la farmacia para medirme la tensión. Hablamos de la acumulación de situaciones responsables por el resultado alto y el agobio que noto en el pecho. ‘Vd sabe que es importante quedarse tranquila. Deja las tareas de casa y el papeleo a otras personas. Para eso tiene su marido, ¿no es cierto?’
Luego tomo un café con una amiga en una terraza. El camarero es de nuestra edad. La tercera vez que pasa por nuestra mesa para dejar o quitar algo, se queda y dice: ‘Me gustaría decirte que estás guapísima con tu panza.’ Se lo agradezco ofreciéndole una risa, lo cual parece animarle para seguir. ‘No veo muchas embarazadas, pero tenéis una cierta belleza, algo indescriptible. De verdad, eres muy bonita. En casa te espera un hombre muy afortunado.’
Pues… no. Aparte del perrito no me espera nadie. No hay un hombre afortunado que, como el camarero, cree que soy bonita. No hay un marido en casa a quién demostrar lencería nueva. No hay un novio para desatascar el váter, ni una pareja para taladrar agujeros en la pared, mover los muebles en la nueva casa y quitarme el p*** papeleo administrativo. A veces lo deseo, tener a uno de estos hombres, a veces me convendría o incluso sería muy agradable. Pero el hecho es que no existe. Y: no pasa nada.
Estoy bien.
(18 de agosto)