En la ducha esta mañana corrieron las lágrimas sobre mis mejillas. Las notaba, porque estaban calientes entre el agua fría que chorreaba de la alcachofa. El pequeño me estaba pateando como si quisiera decirme algo. Acariciaba la barriga y le dije ‘Lo siento, intentaré calmarme’.
Es que, estos días lo estoy pasando mal. Hay una razón lógica, pero al mismo tiempo no vale, según mi opinión.
Hoy hace una semana que firmé el contrato de mi nuevo piso. Todo iba muy rápido. Vi un anuncio de un piso en mi barrio, sin fotos. No obstante, lo quería ver, porque tarde o temprano tendría que buscarme otro hogar con más espacio. Con una amiga fuimos a verlo. A pesar de la humedad, a pesar de todos muebles antiguos, a pesar de las múltiples manchas y clavos en las paredes, a pesar de la pequeña caldera eléctrica, a pesar de las plantas muertas en el balcón, a pesar del ruido de la calle, yo vi un pequeño palacio. Y mi amiga también lo vio. Una buena limpieza, unos botes de pintura, y esas cinco habitaciones (!) podrían ser mi nueva casa. La nuestra: la mía y la de mi hijo. El chico que nos enseño el antiguo piso me dijo que hubiera una carencia de dos o tres meses por el trabajo que tendría que hacer. Esto hizo que el piso tenía aún más atracción. Realmente sería una oportunidad, ¿mi oportunidad? Le miraba a mi amiga y le pregunté si sería una locura decirle ya que lo quería. ¿No debería pensármelo? ‘Cógelo,’ me dijo. ‘Es una oportunidad única.’ Tenía razón.
Entregué mis papeles, todo estaba en orden, pero a la hora de firmar el contrato y pagar el administrador, lo de la carencia era un tema de ‘ni hablar’. Mucho dinero que había pensado gastarme en arreglar el piso. Pero bueno, ya había dado el aviso a mi finca de ahora de que me iba a marchar y me quedaban dos semanas. A firmar entonces.
Entonces esta semana estaba organizando la ayuda de mis amigos y alumnos (!), comprando pintura, buscando cajas, pidiendo presupuestos, haciendo cálculos. Además, tengo mi trabajo. Además, hace un calor a ratos insoportable, y además, estoy embarazada. Y no tengo pareja. Aunque el embarazo es algo difícil de olvidar, no pensaba que me iba a convertir en una persona inútil con respecto a la mudanza. Normalmente un poco de trabajo no me asusta. Me gusta pintar, las cajas de libros pesan, pero no importa: ¡es un work out gratis! Pero nada de cargar. Ya ni siquiera puedo comprarme las botellas de agua de cinco litros, porque ponen una tensión dolorosa en la barriga.
Para resumir toda la semana en unas palabras: mucho cansancio pero poco sueño, muchas preocupaciones, mucho dolor en la barriga que me inhibe hacer todo lo que me gustaría, mucho de sentirme inútil mientras mis queridos amigos me ayudan, un estrés que corre mis venas, demasiado calor, tres fechas de entrega de trabajo para dentro de dos semanas, la mudanza…
Me gustaría ser fuerte, invencible, positiva, sonriendo. Sobre todo viendo como está quedando el nuevo piso. Poquito a poco, pero ya se puede ver que va a ser muy bonito. Pero la verdad es que ahora me cuesta ser la alegre persona de siempre.
Después de la ducha, saliendo a la calle, encontré un paquete en el buzón, remitente una amiga de Holanda. Dos revistas sobre bebés y un babero más un postal que decía ‘Un pequeño detalle para mimarte’. Justo lo que necesitaba, justo en este momento. Otra lágrima. Es que, ahora es un momento difícil para ser madre soltera.