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(In)deseables intimidades

La panza embarazada tiene una atracción especial para la gente, en especial para las mujeres que no están preñadas. Más de un hombre quizá se sienta intimidado o incluso un poco miedoso, pero las mujeres parecen querer estar encima de una. Fascinación, admiración, envidia (mal)sana, curiosidad: toda clase de sentimientos que desembocan en un contacto físico, muchas veces sin invitación previa. En Holanda no ocurre mucho, allí la mayoría de la gente tiene la educación y la decencia de preguntar si te puede tocar. Aquí en España, tu cintura redonda pasa a ser un objeto del dominio público. Justo he pasado la mitad de la gestación y ya no puedo contar la cantidad de manos que me han tocado la barriga.

Durante mi primer embarazo estuve alérgica a todo contacto, no especialmente limitado a la barriga. No quería nada de abrazos ni besos, ni caricias por ninguna parte; no lo soportaba, me sentía muy incómoda, hasta que me hizo mal. Esta vez es muy distinto. Qué es más, quiero compartir, con mucho gusto. Mi bebe no tiene padre, no tengo novio, pero ocurren muchas cosas y no quiero guardármelo todo para mí misma. Entonces, cuando el peque está despierto, empujando y pateando, si tengo una amiga cerca, la invito a poner la mano en mi barriga para que lo sienta. Por cierto, normalmente no siente nada; parece que el peque lo nota cuando otra mano, que no sea la mía, causa una sombra sobre su casa en útero, e inmediatamente se quede quieto. Pero aquel día que me acorraló la dependienta de la frutería, no había hecho yo ninguna invitación.

La tienda estaba prácticamente vacía cuando paseaba por los anaqueles y llenaba la cesta con kiwis, manzanas, melón, piña y nectarinas. De reojo ya la veía unas veces mirándome. Una vez en la caja, pesando la fruta, me preguntaba si estaba embarazada. Me felicitaba y empezó hablar: todavía no había visto nada en estas últimas semanas cuando estaba en la tienda ¡pero ahora de repente esa barriga! ‘Bueno, es que depende de la ropa que llevo,’ decía un poco distraída, mientras buscaba el monedero. Creo que me acuerdo que me preguntó si ya sabía lo que era y de cuánto estaba. Entretanto intentaba yo leer en la caja lo que le debía. Y de repente, sin aviso, la vendedora de fruta, a quien no conozco, estaba justo delante de mí, con sus dos manos pontificalmente tocándome las curvas.

‘¿Quieres que te toque también la barriga?’ ‘Rompo aguas.’ Fingir tos.  ‘¿Nosotras nos conocemos?’ O simplemente honesta y directa: ‘No me gusta mucho’. Todos los comentarios y tácticas de distracción que había leído en un libro pasaban revista en mi cabeza. Pero me quedé sin palabras y un poco sufrida lo dejé pasar. Eso me ocurre casi cada día. Una vecina, la camarera de un bar donde de vez en cuando tomo el café, dependientas: personas que no están incluidas en la categoría de ‘amigos y familia’ ahora me saludan poniendo sus manos sobre mi barriga. A algunos les gusta tanto esta ‘pelota dura’, que la frotan mientras pido un bocadillo o hablamos del tiempo.

Parte mía lo encuentra raro y no siempre me gusta. La barriga es mía, el embarazo es algo íntimo. ¿Te he preguntado o invitado a tocarme? Otra parte mía ya está acostumbrada y no quiere hacerse la dura, la difícil. Y lo admito: a veces es divertido, todo el entusiasmo con el que me tocan. A veces me gusta compartir mi felicidad y entonces la intimidad sí que es deseable.

No obstante, me preocupa un poquito el futuro. ¿Los bebes también son propiedad común? ¿Le van a tocar las mejillas incontables manos con bacterias invisibles? Entonces no podrá, como ahora, estar quieto y esconderse. Pero una cosa es cierta: a mí, cuando haya nacido, me dejarán en paz, lo quiera o no.